Coronando el puerto

Las montañas son seguramente los elementos que mejor y más claramente caracterizan y delimitan el paisaje. Imponentes, se alzan altas como nubes en el horizonte y nos enseñan la belleza de sus verdes lomos y la majestuosidad de sus infranqueables paredes. Son refugio de las más variopintas especies naturales, albergan agua y rebosan vida, desde sus primeras estribaciones hasta la cima, pero también es un lugar de trabajo para algunos y de ocio para otros, cuyo sentimiento compartido en común no es otro que el amor y la fascinación por estos gigantes pétreos. Y en este caso el cicloturismo no es más que otra forma entre muchas de amar a las montañas.

Los puertos de montaña son al ciclismo como la sal a la comida o la luz a la fotosíntesis, el elemento sine qua non este deporte no gozaría de la popularidad que ostenta en la actualidad ni sería practicado por millones de personas en todo el mundo. Esos pasos de montaña, antaño únicas vías de comunicación para cientos de personas que habitaban en los pagos más recónditos y aislados del país, alejados del resto de la civilización, son hoy en día un objeto de culto para todo aficionado al ciclismo, ya sea prácticante, o aficionado de mando y siesta veraniega con Perico y Carlos de Andrés de fondo. Los profesionales son los que gestan los mitos y leyendas del ciclismo en los Alpes, los Pirineos, los Dolomitas o la Sierra de Madrid. Allí se ganan o se pierden carreras, se baten récords, se agolpan y jalean los aficionados, y se observa al corredor sobrepasar con cada pedalada los límites del esfuerzo humano, empujado hacia la cima por aquel griterío imperceptible para sus oídos bloqueados por el retumbar constante y atropellado del latido de su corazón. Ellos crean el mito, el resto nos enfrentamos a la realidad.

Lejos del cislismo profesional, el cicloturista observa en cada ascensión a un puerto un pequeño reto personal, una alegoría de aquellas dificultades cotidianas a las que uno se ha de enfrentar en su vida diaria en el trabajo o en sus estudios. Pero el desafío adquiere dimensiones cuasi épicas, cuando la ascensión a la que nos enfrentamos no es uno de esos puertos que solemos subir con frecuencia y que son un ir y venir constante de cicloturistas más o menos curtidos, sino todo un auténtico coloso, uno de esos puertos cuyo nombre evoca esfuerzo, sufrimiento y gloria. Cuando uno comienza una subida de ese tipo sabe que debe tomárselo con calma, que seguramente lo pase mal, pero que el esfuerzo mercerá la pena. En el mejor de los casos es posible que en poco más de una hora logre el objetivo de alcanzar la cima, coronar el puerto y poder decir “lo logré”.Y es que la distancia de los colosos no suele ser precisamente corta.

El cicloturismo implica amistad y la presencia en las salidas con este tipo de puertos de, al menos, un par de integrantes suele estar garantizada. 3, 10, 15 compañeros, salen todos juntos, ruedan, comentan, ríen todos juntos. Al llegar al pie del puerto se sabe que la compañía durará seguramente bien poco. Todos saben bien que este tipo de puertos suele imponer la dictadura de la soledad y la obligación inteligente de que cada uno siga su propio ritmo, consciente de sus virtudes y limitaciones, respire dos veces antes de apretar los dientes para realizar un esfuerzo innecesario por atrapar o seguir a un compañero, consulte constantemente el pulsómetro, se hidrate y nutra adecuadamente y eche una ojeada atrás y a los lados de vez en cuando para disfrutar de las maravillas que el paisaje le ofrece. Con mayor o menor nivel de esfuerzo, uno acaba por concentrarse en sus pensamientos, por marcarse pequeñas fitas en el horizonte asfaltado que se abre al 5% ante sus ojos, calculando mentalmente dónde y cuánto quedará para alcanzar el ansiado final -siempre que algún cartel o el Strava Live Segments no lo haya indicado antes, claro-. Esa soledad del cicloturista ante el coloso en el que los grandes escribieron su nombre es la penitencia necesaria para descubrir lo que se encuentra al coronar el puerto. La satisfacción de haberlo logrado y la recompensa de paisajes que merece la pena retener en la retina.

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Imagen tomada desde la cima del puerto de las Lagunas de Neila (Burgos)

4 comentarios sobre “Coronando el puerto

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