Oda a un puerto. La Frontera.

En las primeras estribaciones de la Sierra Calderona, a apenas 30 kilómetros de Valencia, en la localidad de Estivella arranca uno de esos puertos míticos para el ciclista aficionado. Sólo pronunciar su nombre, la Frontera, infunde ya un cierto respeto en aquellos que conocen su extrema dureza y la rigurosidad de sus rampas y provoca un cierto temblor de piernas hasta en el más pintado. Su acceso no tiene pérdida desde la carretera nacional 234, pues incluso existen carteles indicando la dirección a seguir.

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Perfil del puerto

Su nombre evoca sufrimiento elevado a la cuarta. Muchos podrían pensar que el origen del mismo se refiere a una frontera natural, a un límite entre municipios o incluso a una linde entre el cansancio y la extenuación cuya línea imaginaria se supera con cada pedalada por aquel asfalto rugoso y desgastado camino del Garbí. En realidad, su etimología es más clarificadora, más capaz de revelar a quien no conoce este puerto la dureza que atesora, más tremenda si cabe. Igual que otros nombres de lugar que allá un poco más al sur contienen la palabra “Frontera” –piensen en Arcos, Vejer y Jérez de la Frontera en la provincia de Cádiz o Morón de la Frontera en la de Sevilla–, su nombre deriva del latín frons, de donde procede nuestra palabra “frente”, y en estos casos concretos alude a una formación montañosa en disposición vertical, a modo de rocosa pared, que recuerda vagamente a la frente de nuestro humano cuerpo. Toda una declaración de intenciones, pues la Frontera es en sí misma una auténtica pared. Su nombre, pues, esconde mucho de verdad.

Hay quien se pregunta por qué no se sube en carreras de alta competición. La estrechez del paso al inicio del mismo es la clave. Imposible imaginar una caravana ciclista de una gran vuelta pasando por ahí. Montoneras, directores nerviosos, pinganillos echando humo y bicicletas incrustadas en el hormigón superando el gálibo del pequeño paso que da acceso a la ascensión desde el pueblo de Estivella. Sí se ha subido, por el contrario, en carreras del circuito amateur, caso, por ejemplo, de la Vuelta a Valencia de 2014, y ha sido, ya a nivel cicloturista, la ascensión final de la Marcha 4 Puertos – Serra Tot Natura en diferentes ediciones.

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Puerto de La Frontera con la Sierra de Espadán al fondo

La Frontera constituye junto a las frecuentadísimas subidas sur y norte del Oronet y la también temible y respetada ascensión de Segart el póker de puertos que culminan en lo alto del Garbí. Es éste un paraje singular a 500 y poco metros sobre el nivel del mar desde el que llegando a un mirador –algo lejos, eso sí, de la carretera principal– se puede observar una magnífica estampa del litoral valenciano y toda la comarca de l’Horta. Hacer las cuatro ascensiones un mismo día es posible para un cicloturista, terrible, pero posible. Podemos dar fe de ello. Y el desnivel se dispara hasta ultrapasar los 2000 metros de ascensión total en apenas un centenar de kilómetros.

Los números, como siempre, hablan por sí solos. 4,2 kilómetros –puerto corto–, pero al 9,8% –no está mal–, con picos del 16% –nada mal– y un kilómetro y medio brutal que acaba unos pocos metros antes de coronar el puerto con una pendiente media al 11% que se convierte en una auténtica tortura para el ciclista. Los más finos y afilados escaladores pueden completar la ascensión en apenas 15 minutos –en Strava aparecen en los primeras posiciones ciclistas profesionales como Mikel Bizkarra (15:05), precisamente en su paso de la segunda etapa de la Vuelta a Valencia de 2014 que se adjudicó con autoridad (Ver vídeo de youtube entre el minuto 0:40 y 1:39 para ver a Bizkarra subiendo la Frontera)–, para el resto de los mortales una media hora es un tiempo razonable, pero en un día medio malo se te puede hacer eterna. Y es que al llegar a la parte dura, ese lugar en el que la gente tira la toalla, saca las calas de los pedales y termina ese tenebroso kilómetro empujando cuesta arriba la bicicleta hasta poder tomar impulso y de nuevo ponerse a pedalear, la fatiga y el corazón se disparan. “Ajo y agua”, reza una inscripción en pintura blanca sobre el asfalto. Los ánimos nunca faltan.

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Sonrisa en la cara. La procesión va por dentro.

Desde su inicio en Estivella, el firme desgastado y las primeras rampas rondando las dos cifras asustan al personal, avivan el pulso cardíaco y ponen los músculos en una tensión constante que se sentirá insoportable unos kilómetros más arriba. Al inicio el paisaje es agradecido, uno puede permitirse el lujo de echar una mirada de soslayo a Oriente para deleitarse con el azul profundo del mar al fondo. Sólo será un instante, después curva a derecha y uno se da cuenta de que la cuesta mira al cielo y la carretera continúa dibujando una recta empinada que no parece acabar jamás. Al frente sólo el gris del asfalto y el ocre de las rocas al lado derecho, al izquierdo el barranco, la pared, la frontera. Curva a izquierda y cambia el panorama, pero sólo de flanco, barranco a diestra, pared a siniestra.

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El descenso siempre es más agradecido.

Y por si fuera poco está la cuestión climática. Puerto abierto, sin apenas vegetación, el sol cae a plomo, te seca, te persigue, te machaca, te asfixia, quema tu piel y mina tu moral y las manos se utilizan para agarrar con fuerza el manillar. De no ser así, se utilizarían seguramente para rezar y pedir clemencia. Y no hay que olvidarse del viento, el acérrimo enemigo del ciclista. Pues, uno ha de andarse con cuidado, no vaya a ser que en los metros previos a la zona más extrema, al dios Eolo le dé por soplar velas y su bufido se convierta en un incómodo invitado. Cuando uno corona el cambio de carretera da descanso a los brazos, un firme bien alisado nos indica nuestra victoria contra este titán de los puertos, el rey y el mito entre los ciclistas valencianos. Dicen que Alberto Contador acude en ocasiones a entrenar en este puerto. Un mito para otro mito. Una leyenda para otra. La Frontera con esa épica que envuelve al ciclismo, aunque sea a nivel aficionado, es uno de esos puertos que merece la pena subir, la recompensa será coronarlo.

8 comentarios sobre “Oda a un puerto. La Frontera.

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