Un puerto de calma. La Quesera

A poco más de una hora en coche desde la capital de España se encuentra uno de esos puertos que la Vuelta a España, en su reciente política de descubrir nuevas cotas de montaña, mostró al gran público en su edición de 2015. Antes, claro, lo había hecho Perico Delgado con sus Pericopuertos. En aquella decimoctava etapa de la ronda española, el Astana de Fabio Aru, a la postre ganador final, intentó sin éxito desbancar al imponente gigantón holandés Tom Dumoulin. En la meta de Riaza, Nicolas Roche impuso su punta de velocidad ante el vasco Haimar Zubeldia. Y la ascensión que nos ocupa fue la responsable de seleccionar la escapada antes del descenso final. Estamos hablando de la Quesera, puerto situado en un idílico enclave entre las provincias de Segovia y Guadalajara que hoy vamos a coronar.

Los filósofos antiguos llamaban ataraxia al estado de ánimo en el que el individuo presenta una calma inusual, una tranquilidad imperturbable y una total ausencia de deseos y temores. La Quesera es uno de esos lugares en los que poder experimentar toda una ataraxia ciclista, sin más deseo que saciar la sed y el hambre que produce el desgaste de sus rampas. Su eremítica soledad, sus imponentes paisajes y el sonido continuo del agua acompasando cada pedalada son las características de este puerto desde el que se puede contemplar una privilegiada estampa del Hayedo de Tejera Negra, uno de los más meridionales del continente europeo, declarado parque nacional en 1978. En la Quesera realicé las dos ascensiones posibles, la norte y la sur, arrancando en Riaza y arribando hasta Majaelrayo. Carga de bidones, plátano y barrita y a afrontar la cara más larga, la que nos conduce de vuelta a Riaza. Un sube y baja en el que acumulamos más de 2000 metros de desnivel entre ambas subidas, pero que resultó ser una de experiencia personal gratificante, generadora de toda una historia para contar.

Sólo, sin más compañía que los propios pensamientos, arranqué la etapa a unos 30 kilómetros de Riaza, en la población segoviana de Cedillo de la Torre. Necesitaba algo de terreno llano para calentar antes de afrontar una subida doble como ésta, que, además, desconocía por completo. El día había amanecido nublo, con tonos de rojiza arcilla en la elevada humedad levantados por el viento y flotando en suspensión. A medida que me aproximaba a Riaza la niebla se iba aclarando hacia el sur y las montañas, arañando los techos del cielo, se asomaban tímidas ante mis ojos. Una vez en Riaza, ya no había vuelta atrás. La carretera comienza a picar ligeramente hacia arriba, se continúa hacia Riofrío de Riaza, dejando a mano derecha el acceso a la estación de esquí de la Pinilla, y, poco después de pasar el cruce que se desvía a Riofrío, desaparece lo humano y comienza la ascensión. Ya no hay pérdida. Sólo una carretera, ningún cruce a derecha, ninguno a izquierda. Basta con mirar al frente.

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El embalse de Riofrío al fondo

Esta es la cara más amable, la más corta, el preludio de un día de ciclismo en total tranquilidad. 7,5 kilómetros al 6%. Un buen puerto, pero sin grandes dificultades. Su problema: el asfalto. Roto, maltratado, aquejado por años de descuido, y castigado por las nieves perpetuas invernales. Además,  algunos picos del 10% u 11% repartidos a lo largo del recorrido hacen interesante la escalada. El paisaje, sin embargo, merece una postal. La carretera discurre abrazando al embalse de Riofrío y el serpenteo típico de las carreteras de montaña hacen que uno pueda disfrutar de una agradable ascensión. Media hora de subida a ritmo suave es un tiempo razonable.

Al coronar, vacas a un lado, vacas a otro, y es que desde las últimas casas que se ven ya a lo lejos unos kilómetros más abajo, en Riofrío, uno no se encontrará con más ser humano que algún aventurero, ya en bicicleta, ya a pie, hasta llegar a Majaelrayo. Más de 30 kilómetros sin compañía, sin mundanal ruido, sin alma humana. En calma, en comunión con la tierra, en armonía con el medio, en plena ataraxia ciclista. Allá en lo alto, el cartel de cambio de provincia y de comunidad nos hace, una vez más, recordar la esencia de las montañas y de los puertos, como fitas y vías de comunicación en las más inaccesibles de las nadas.

Afortunadamente, el cambio de región lleva aparejado una mejora notable del firme que se agradece en el rápido descenso hasta las dos cortas subidas de emboscada a las que el ciclista se ha de enfrentar con las piernas blandas cual mierda de pavo por la relajación del desnivel negativo. Territorio comanche, vegetación cerrada y algún claro que nos hace resoplar al ver el traicionero “descenso” que nos queda. Y es que la Quesera, es un puerto de puertos por su cara sur. La primera de las dos cortas subidas en esta bajada dirección Majaelrayo consta de kilómetro y medio al 9%. La segunda, un sube y baja, con un poco más de sube, nos regala 600 metros de media al 14% para retorcerse y chepear. Aquí, por el tráfico no hay que preocuparse demasiado. Cruzarse uno o dos vehículos en todo el recorrido sería medio insólito. Agua, comida, abrigo, cámaras y herramienta se convierten, pues, en elementos indispensables en tales circunstancias. Así, tras algún repecho más de entidad se llega a Majaelrayo, pueblo con encanto donde los haya, con sus característicos tejados de pizarra, y se cambia la dirección del timón para volver por donde se ha venido.

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Majaelrayo en el horizonte con sus tejados de pizarra

Ésta es la cara por la que ascendieron en la Vuelta de 2015. Desde Majaelrayo hasta coronar en el límite intercomunitario hay 26,9 kilómetros al 2%. La primera parte, de nuevo, como la parte final de la bajada, está llena de repechos hacia arriba y tramos pronunciados de bajada con muchos picos de dos cifras en ambas direcciones, de ahí la razón del discreto porcentaje medio. De entre estos minipuertos, destaca el Alto de la Matilla, con 3,4 kilómetros al 5% y el, así llamado, Alto Malo, 1,3 al 7%. Esos continuos cambios en el desnivel los acaban acusando las piernas y la fatiga hace mella poco a poco. Las pintadas en la carretera animan. “Purito”, “Aru”, alguna para Valverde. Uno se crece, aprieta los dientes. Rampa de hormigón. Mirada al ciclocomputador. 13%. Mejor parar. Uno recuerda la bajada y sin conocerlo no puede saber nunca donde acabará ese encadenamiento de toboganes hasta llegar por fin a subir el alto de la Quesera propiamente dicho. Y digo por fin, porque el machaque muscular al final se hace más liviano con una ascensión continua que con tanto cambio de ritmo.

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Se atisba el final de la tortura. Se abre algo la carretera y, tras cruzar el río en un rápido descenso, comienza de nuevo la ascensión final, muy similar a la norte desde Riaza, aunque con el hándicap del terreno rompepiernas previo y la acumulación de distancia y desnivel. 8 kilómetros al 5% con las hayas de Tejera Negra, majestuosas, a unos dos kilómetros de coronar hacia el Oriente. Otra vez sensación de paz, mente en blanco, estado tántrico y sonido de agua que corre. Y al llegar a la cima, de nuevo las vacas, ahora del lado cambiado, mirando con extrañeza y perplejidad, impasibles, sin compartir nuestra sonrisa ni querer entender nuestra pasión, con su ataraxia vacuna que de cuna les viene, allá por aquellos pagos.

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Las vacas, tranquilas, donde se corona el puerto

 

5 comentarios sobre “Un puerto de calma. La Quesera

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