Muertes de ciclistas en carretera. Asunto de desinterés general

El pasado domingo 28 de Mayo no fue un domingo cualquiera. Ningún ciclista falleció en carretera –al menos eso parece y eso, de corazón, esperamos−. Además, tuvieron lugar en numerosas ciudades repartidas a lo largo y ancho de la geografía española una serie de concentraciones reclamando mayor seguridad y respeto en las carreteras hacia el colectivo ciclista. A raíz del funesto accidente de Oliva (Valencia) en el que perdieron la vida tres personas tras ser arrolladas por una conductora que circulaba bajo los efectos de alcohol y drogas se generó una ola de indignación que sacudió del letargo a toda la sociedad. El llamado Espíritu de Oliva corrió como la pólvora entre los corrillos ciclistas y puso el punto de mira en la gravedad de la depauperada situación de la seguridad vial en nuestro país. La convocatoria tuvo un seguimiento desigual en función del lugar en el que se celebró, pero en líneas generales obtuvo un respaldo bastante significativo.

Teniendo en cuenta que Oliva, localidad situada a unos 80 kilómetros de Valencia, había sido el epicentro de la tragedia, no era de extrañar que la concentración más multitudinaria se produjera en la capital del Turia y que la onda expansiva fuera perdiendo intensidad a medida que nos alejáramos de esta parte del mediterráneo. Obviamente se trata de una cuestión de empatía social que implica que aquello que se produce más cerca de nosotros nos afecte de un modo más intenso, teoría utilizada para explicar, por ejemplo, por qué en nuestros medios y nuestra conciencia social tiene un mayor impacto un atentado terrorista perpetrado en Manchester o Londres que uno en Bagdad o Kabul, a pesar de que el alcance de la barbarie haya sido mucho más importante cuantitativa y cualitativamente en el segundo de los casos.

Con ese sentimiento tan preciado, tan humanamente necesario, miles de personas salieron a la calle en Valencia respondiendo a la llamada de la concentración por una mayor seguridad para el colectivo ciclista. Ciclistas de carretera, de montaña, urbanos, viajeros, padres y madres de familia, niñas y niños e incluso gente sin bicicleta que se solidarizó con la causa acudieron a la concentración. A ojo de buen cubero uno diría que la cifra total de manifestantes pudo rondar las 4000 o 5000 personas, pero a los que somos de letras eso de echar cuentas no siempre se nos dio bien.

Sea como fuere, el caso es que la movilización convocada en Valencia se convirtió en un concurrido acto, capaz de generar el impacto, el ruido, que tanto se perseguía hacer. Con la satisfacción de haber visto la ilusión y la reivindicación sujetando el manillar de miles de bicicletas por las calles de nuestra ciudad, regresé a casa y ya de noche consulté los periódicos digitales para comprobar cómo había ido en el resto de concentraciones convocadas en otras ciudades y cómo −creía yo− la noticia aparecía en todos los medios de comunicación. Sinceramente no esperaba un titular de cabecera, ni siquiera un lugar principal entre el top 10 de las noticias del día, pero sí al menos una entrada, quizá un pequeño artículo en el que se recogiera el evento, adornado con fotos de niños con casco en bicicleta, de esas que tanto agradan y son capaces de generar una mayor empatía.

Mi optimismo no era más que un inocente castillo en el aire de quien por momentos olvidaba de qué manera funciona el flujo de información en este país. Recordé en aquel preciso instante el problema filosófico de la tradición del budismo zen en el que el maestro le plantea al discípulo la siguiente cuestión: ‘Si cae un árbol en medio del bosque y no hay nadie para oírlo, ¿qué ruido produce?’. La respuesta plantea profundas disquisiciones metafísicas sobre la percepción de la realidad, pero la respuesta más obvia es que el ruido producido da igual, ya que nadie habrá allí para oírlo. El árbol fueron nuestras voces, nuestra presencia, ya que pocos, muy pocos se hicieron eco de una noticia que quizá por su urgencia social y su importancia debería haber aparecido en la mayoría de medios a nivel nacional.

Hay que destacar, sin embargo, que a nivel local el tratamiento informativo fue impecable y la cobertura mediática de la concentración se vio reflejada en las portadas de los principales medios informativos de la Comunidad Valenciana. Similar situación se dio en los medios regionales de diferentes comunidades autónomas. Sin embargo, a excepción de los principales canales de televisión privada, el silencio de los periódicos digitales de tirada nacional fue generalizado. Apenas en algún diario de gran tirada leímos cuatro parrafitos, seguramente redactados por el becario de guardia, situados muy por debajo de noticias de gran alcance como la opinión del político de turno sobre la tontería de turno del día o las declaraciones de algún visionario sobre su visionaria visión de la realidad. Y eso por no hablar de los periódicos deportivos, tan ocupados como siempre por la miga y la carnaza del deporte rey. La victoria del FC Barcelona en la Copa del Rey y otras importantísimas historias sobre el Real Madrid llenaban las 69 noticias más importantes del día. Sobre ciclismo el cupo estaba ya cubierto. Se habían dignado a publicar algo sobre la victoria de Dumoulin en el Giro, completando así las 70 noticias más importantes de la jornada.

En ocasiones parece que lo que no suceda en Madrid, no sucede en ningún sitio. El árbol cae y nadie está ahí para oír el ruido. No hay paredes para rebotar el eco. No hay empatía, ni sensibilidad, ni ganas, y la verdadera razón de la concentración, la mayor seguridad para los ciclistas en carretera, la lucha por una ley justa y por una mejora de la cohabitación entre vehículos a motor y bicicletas, se convierte en una cuestión de desinterés general que no parece más que afectar a quienes día tras día nos jugamos los huesos en una macabra lotería en la que ni siquiera tuvimos nunca intención de comprar décimo alguno.

Analizada la cadena de acontecimientos, nuestra actuación, la del colectivo ciclista, sigue siendo, visto lo visto, más necesaria que nunca. Tendremos que jugar al juego y si el bosque tiene que ser Madrid, allá deberíamos tirar el árbol. Nuestra reivindicación es legítima, éticamente aceptable y beneficiosa no sólo para nuestro colectivo, sino también para toda la sociedad en general, pues, si se consigue concienciar sobre la erradicación de ciertas prácticas al volante y se construye sobre una base sólida una nueva relación entre todos los vehículos en la carretera, estaremos realizando una labor cuyos beneficios repercutirán en el futuro en toda nuestra sociedad. Su contenido lo integra un mensaje claro y sencillo, mayor seguridad y protección para el ciclista y una ley justa, y sus implicaciones legales lógicas serían la consecución de una vez por todas de las modificaciones del código penal solicitadas hace meses por Anna González y refrendadas por más de 200.000 personas ante el Congreso de los Diputados: la del artículo 142 y 195 que regulan el homicidio por imprudencia y la omisión del deber de socorro, respectivamente.

Nuestro llamamiento debería capitanearse, dirigirse y coordinarse desde instituciones con capacidad para proponer una gran concentración a nivel nacional u otros actos reivindicativos y de protesta que logren el eco necesario para crear una verdadera conciencia de la magnitud de los acontecimientos. Una gran concentración se para salir en los medios, para sentir que nuestra voz se escucha y, sobre todo, para que, de una vez por todas, se adopten medidas que no queden en cuatro anuncios luminosos en las autovías y que penetren la barrera de la reeducación del colectivo social hacia el que hemos de dirigirnos con paso firme y decidido. Sólo así, con una gran movilización en el punto en el que parece ser que sucede todo, lograremos la visibilidad que nos corresponde y la ley justa que tanto ansiamos. Ojalá, así, logremos evitar a toda costa que el próximo domingo se convierta en un domingo cualquiera, como sí lo fue, tristemente, este pasado domingo.

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