Un puerto con historia. Navacerrada

Hay puertos que tienen la inmensa fortuna de situarse en el lugar adecuado, de ser paso casi ineludible en grandes vueltas y de convertirse en muchas ocasiones en el gran juez de esas carreras. Éste es el caso de la ascensión que nos ocupa hoy, la de Navacerrada, conectando las tierras de Castilla con la Comunidad de Madrid, en el corazón de la Sierra de Guadarrama. Este puerto ha sido coronado en Vuelta a España en prácticamente una cincuentena de ediciones desde su estreno en 1941. Navacerrada ha sido escenario de diferentes épicas batallas –a veces con el agregado de la tan temida Bola del Mundo, de la que muy pronto también hablaremos− y un recorrido ideal para cronoescaladas como la del 1993 con un pletórico e inflexible Alex Zülle o la del 2008 con victoria para Levi Leipheimer, seguido de Alberto Contador que, ante su público y en el terreno en el que desde joven ya entrenaba con el Real Velo Club Portillo, logró sentenciar la carrera española. Lejos de los focos, los comentarios de Perico y de Carlos de Andrés, con mucho menos glamour, pero con los niveles de motivación por las nubes, muy numerosos son los cicloturistas que se acercan a esta mítica cima, moneda de dos caras que vamos a analizar a continuación.

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Fuente: http://www.altimetrias.net/aspbk/verPuerto.asp?id=331

Comenzamos por el lado segoviano. La ascensión parte de la población de la Granja de San Ildefonso, ilustre sitio de la historia moderna de España donde poder visitar el palacio real, los jardines del mismo con sus efímeras fuentes o la Real Fábrica de Cristales y donde, a la bajada, poderse comer unos buenos judiones para recuperar las energías perdidas en el asfalto. Con tan noble y refinado lugar a nuestra espalda, nos llenamos de clase para afrontar una cota que arrancará tras un terreno de falso llano con algún tramo descendente en los alrededores del área recreativa Los Asientos, una de las múltiples zonas de relax y merendeo que jalonan la carretera hasta llegar al límite de la vieja Castilla.

A partir de aquí, entre altos pinos albares que apenas dejar traslucir los rayos del sol, dará inicio una ascensión cuyos primeros 4 kilómetros no dejan de tener ese sabor a falso llano que nos venía acompañando desde la salida de la Granja. Con un porcentaje en torno al 2,5%, estos primeros cuatro mil se convertirán en la suave antesala de un auténtico primera categoría que mantendrá una dureza constante desde aquí hasta coronar a más de 1800 metros de altitud. Con un asfalto rugoso, aunque bastante bueno para afrontar una ascensión por esta vertiente segoviana, el punto de inflexión parece situarse a partir del puente sobre el río Eresma, cuyo caprichoso discurrir unos kilómetros más abajo perfilan la característica silueta de la capital segoviana.

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Nuestro amigo Gerardo De Pablos transitando por la zona sombría de la cara segoviana

Aquí, entramos en la zona de las 7 revueltas, un encadenamiento de siete curvas de herradura (alguna algo menos pronunciada) de unos 2 kilómetros, situado a mitad de ascensión donde la pendiente se mantiene constante en torno al 8%. Tras pasar esta zona de revueltas ya no habrá vuelta atrás. El porcentaje se pone serio y firme, el ciclocomputador parece haberse estropeado marcando siempre cifras entre el 7 y el 9%. La carretera poco a poco se abre, deja entrever a la sombra de los pinos, al fondo, la estación de esquí y arriba, en lo alto, la instalación de telecomunicación que pone la guinda a la durísima Bola del Mundo. Seguimos ganando altura y coronamos la vertiente segoviana. A partir de aquí, a izquierda bajaríamos el puerto de Cotos, atravesando el parking nos volveríamos locos en la Bola del Mundo y, todo recto, la bajada por la cara madrileña. Si eligiéramos la bajada hacia Cotos, accederíamos al precioso valle del Lozoya y desde ahí podríamos también sucumbir ante la locura de subir y bajar puertos, en dirección norte Navafría, en la sur, Morcuera o Canencia, pero de todas estas ascensiones, ya nos ocuparemos en otra ocasión.

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Fuente: altimetrias.com

Volviendo a Navacerrada, en la vertiente madrileña, la calidad del firme mejora ostensiblemente. En el descenso podremos alcanzar velocidades de vértigo. Buen firme, rectas con apenas unas curvas suaves y, si el tráfico ayuda, horizonte despejado. Pero tanta alegría no será más que un síntoma de la dureza de la parte final de este puerto que dependiendo de donde se quiera arrancar, puede contar con más o menos kilómetros. Si empezamos a contar desde la rotonda de acceso a Collado Villalba llegaremos a los 18 kilómetros, si lo hacemos desde el cruce de Cercedilla, unos 8,5.

Teniendo en cuenta la versión extendida del puerto en su vertiente madrileña, la primera parte se caracterizaría por una concatenación de kilómetros abiertos y suaves, incluso con algún  tramo de bajada, en la que, sin embargo, encontraremos alguna rampa interesante, sobre todo cumplidos los 2 kilómetros de ascensión. Después tramos suaves hasta llegar al embalse de Navacerrada y al pueblo que da nombre a toda la subida. A partir más o menos de aquí descorchamos el champán y comienza la fiesta. Poco a poco la carretera irá cogiendo pendiente, la constancia en el porcentaje nos golpeará con fuerza en caso de andar ya algo tocados y la vegetación irá apareciendo a uno y otro lado de la calzada, con los carteles que anuncian el camino hasta la cima animando o desmoralizando al personal.

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Carteles informativos con kilómetro a cima y porcentaje medio

Pasando el Ventorrillo encontraremos rampas realmente exigentes, entre el 10 y el 11% y el asfalto, engañador por su buen aspecto, tirará de nosotros hacia atrás, sin dejarnos avanzar. En esta zona empalmaremos sendos kilómetros en torno al 8,5%, para luego relajar algo el porcentaje en los kilómetros siguientes hasta las durísimas rampas finales donde, de nuevo, se vuelven a tocar las dos cifras. Por longitud y porcentaje constante, Navacerrada demuestra porque es un primera categoría, porque Contador y otros muchos se parten las fibras exprimiéndose arriba y abajo por sus rampas a más de mil metros de altitud, porque forma parte de la historia del ciclismo patrio y porque merece una visita obligada de todo cicloturista que se precie. Su cercanía a Madrid lo convierte en un puerto bastante transitado tanto por ciclistas –en la cara norte hay ya 4500 registros en Strava−, como por vehículos a motor, la convivencia aquí se hace imprescindible, aunque lo cierto es que no es extraño ser adelantado por algún que otro coche desde el que sale algún grito de ánimo, de esos que sin querer te empujan hasta coronar esta mítica cima entre Segovia y Madrid.

 

3 comentarios sobre “Un puerto con historia. Navacerrada

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